
Una de las grandes virtudes de mi amiga Ximena es el compromiso con las causas que abraza. Y no es aquél compromiso superficial al que estamos acostumbrados, es el de verdad, el con mayúscula, el de sangre y fuego. Es que, aunque comparte las perplejidades y el millón de dudas que cada uno de sus amigos tiene, ella es capaz de canalizarlas en objetivos de construcción sólidos y reales.
Por eso no me sorprendió que su cumpleaños lo celebrara con una torta dedicada a Michelle Bachelet. Sí, como se lee, una torta sin alusión al nombre de la festejada, sin mención al momento, sólo con un trazado de punta a punta que decía “Vota por Bachelet”. Y es que de nadie más podría venir tan inusual idea, ¡De nadie! Ni de los futuros ministros, ni de los asesores. Era de ella, tan o más capaz que cualquiera que puede entrar al gobierno, de ella, como gran profesional y gran persona, de ella, y sólo para sus amigos. Por esto, es que independiente del quiebre casi emocional al que me llevó no encontrar la típica frase de “felicidades+nombre”, todo lo que siguió a la presentación de la torta, me hizo entender el fuerte simbolismo que este tradicional elemento de repostería representaba en la política.
LA TORTA TORTUOSA
Un buen rato contemplé la torta de la Ximena y comprendí esa fuerza visual que nos hace relacionarla desde antaño a hogaño con nuestras más diversas actividades societales, de su relación con las carencias y las riquezas, de su utilización para demostrar desigualdades o equidades. Y es que de cierta forma la torta está presente en nuestra vida social, económica y política desde su raíz etimológica. Algunos filólogos poseen una ligera convicción que la palabra torta es una especie de retroevolución de la palabra “tortuoso”, debido a que la masa es “torcida” y “retorcida” antes de estar lista. De esta forma, se trataría de un sincretismo de tortuosidad y torcimiento, algo muy parecido a lo que, generalmente, nos vemos enfrentados en el mundo de la política.
En efecto, aunque se sabe que la discreción sobre la torta política estará en manos de una sola persona, todos sufren, luchan y conspiran por formar parte de su elaboración. Algunos porque de verdad saben hacerla, otros porque leyendo un par de recetas encuentran algo que decir y los muchos, para poder ser ligeramente reconocidos por el festejado. De todas formas, el empeño es asimétrico y depende de la posición que cada uno se encuentre en los momentos claves, quien pone la guinda puede tener un mayor reconocimiento que aquél que trabaja arduamente en la masa, porque la guinda es lo cúlmine, es lo mediático.
Empero, todo el esfuerzo en elaborarla no es efectivo si a la hora de repartir no se alcanza un buen pedazo. La verdad es que muchos quienes participan en la preparación, no lo hacen por el cariño a la festejada, ni por la convicción de que se trataría de una buena fiesta. Para muchos, solamente es el interés por el trozo más grande y más sabroso. No obstante -como cualquiera que alista tan sólo su interés- ese tipo de persona no es capaz de mirar más allá del ombligo, sin percatarse que a la fiesta puede llegar más gente y con una mayor relación afectiva con la festejada.
DE REPARTO A REPARTIJA
La tremolina se comienza a gestar una vez que se reúnen todos los invitados. Es que aunque se intenten establecer criterios generales, los intereses suelen dominar la forma de repartir la torta política. Algunos exigen su parte como miembros históricos, otros por sus “consabidas” o “no sabidas” dotes técnicas, pocos por su influencia en la festejada y muchos, pero muchos, por sus dotes de “cara´e raja”. Por eso es que en varias ocasiones los criterios se van a las pailas y el reparto deriva en una repartija, la misma que algunos prefieren llamar cuoteo.
Y es en la repartija donde se degenera todo, donde el solícito grupo de personas puede ser desplazado por un tremedal de ineptos, donde el virtuosismo puede ser relegado por la minucia, donde la altivez puede subsumir la humildad. Es en la repartija el óbito del gobierno y en aquello se debe tener la máxima precaución. Como donde la Ximena, enfática y fuerte fue justa en el reparto. Todos entendimos que conseguir un pedazo no era lo más importante, que la torta no era el fin, sino el punto de partida de cuatro horas de buen convivir, de cuatro horas en que podíamos arreglar el mundo en conjunto, de cuatro horas de convicciones y pluralismo.
Era nuestra pequeña torta de Bachelet, el modelo a escala de la que hoy se comienza a poner a prueba, esperemos que quienes prueben de ella velen por el bien común de nuestro pequeño, extraño, pero hermoso país.
Sergio Toro Maureira