FARO DE HUMOR

El humor es un Faro que nos permite comprender hasta nuestras peores bajezas. El siguiente video es una sátira sobre el parlamento español que, lamentablemente, es fácil extrapolar a la realidad latinoamericana.
Un abrazo
Yuriflame
Los faros eran buenos guías no sólo para los navegantes, sino para la sociedad. Un faro evocaba la prudencia, debido a que su avistamiento requería cautela en las acciones. Era inclusivo, ya que su destello podía ser visto y utilizado por cualquiera. Era igualitario, porque no importando su belleza o complejidad, su función era igualmente necesaria. No obstante los faros han sido desplazados por la modernidad, al igual que sus valores.
En Chile, la latencia de algunos de estos ejes fueron reconocidos por Samuel Valenzuela (1995). En su ensayo “Orígenes y Transformaciones del Sistema de Partidos en Chile”, el autor determinó que el sistema de partidos se pudo conformar gracias a dos rupturas ideológicas y programáticas: la “clerical–anticlerical” y “derecha-izquierda”. En efecto, la superposición en sus extremos y los enfoques moderados o centristas de estas escisiones, fueron las que estructuraron el campo político del país a partir del siglo XIX. De igual manera, Valenzuela señalaba que, aunque no hayan sido poseedoras de la misma importancia e identidad con el correr del tiempo, estas dos fisuras lograron mantener intacta su latencia y acervo histórico. Su fundamento se enfocó en que las sub-culturas nacionales continuaron produciendo nuevas sensibilidades frente a los acontecimientos, generándose una inercia político institucional que se mantuvo constante hasta nuestros días.De esta forma, a pesar de que luego del régimen militar se instituyó un cuadro eleccionario bipolar, esto no implicó que las dos fisuras generativas llegaran a desaparecer con el nuevo escenario.
Diferente opinión sostuvieron Eugenio Tironi y Felipe Agüero (1999). Para ellos el sistema de partidos chileno sufrió un cambio sustancial luego del retorno a la democracia, ya que en el entorno político de la época comenzaba a vislumbrarse la aparición de una nuevo “cleavage” provocado por los partidarios y opositores al régimen militar. Se trataba del surgimiento de un “nuevo paisaje político chileno” dominado por la aparición de la polaridad “autoritarismo-democracia”. De esta forma, el régimen militar lograba determinar una nueva conformación política de referencia, construyendo marcos comunes y profundas relaciones de afinidad y lealtad que tomaron cuerpo en el plebiscito de 1988, donde se decidió “Sí” o “No” respecto a la continuidad del régimen. De igual manera, el resurgimiento de la contienda electoral implicó que estas instituciones decidieran aglutinarse en dos coaliciones cuyo sentido era, por un lado, mantener el régimen militar y, por el otro, volver a un sistema democrático de representación popular. Con ello, Tironi y Agüero sostuvieron que la realineación y reconfiguración del sistema de partidos chileno en el eje “autoritarismo-democracia”, debió integrar las antiguas dimensiones y superponerse a los quiebres históricos de carácter religioso y social.
Es en este marco donde se sustenta la pregunta del presente trabajo. A pesar de su relevancia, no es claro que el eje “autoritarismo-democracia”, pueda ser considerado como un “cleavage” en el estricto sentido metodológico y que las discontinuidades del autoritarismo provocaran un reordenamiento de las tendencias políticas en dos grandes bloques. Menos aún, se podría afirmar que el electorado haya subsumido sus escisiones históricas ante las nuevas reglas del juego electoral. Tal parece que a pesar de existir una modificación en la competencia, se trataría sólo de “divisiones meramente políticas que crean alineamientos y realineamientos partidarios”. Por tanto, si observamos las características del sistema político chileno, nos percatamos que a pesar de que en cierta época convivieron más de 18 partidos con representación en el Congreso (1953), siempre ha existido una constante de 5 o 7 de estas instituciones, que son las protagonistas del juego político dentro de cada ciclo electoral, manteniéndose incluso a lo largo de la era postautoritaria. En general, su comportamiento es en torno a tres tendencias bien marcadas (Izquierda, Centro y Derecha), y a pesar de que las competencias han variado a través de los años, en contiendas bipolares, tripolares o multipolares, no existe evidencia que electorado chileno se haya organizado de manera distinta con el nuevo sistema electoral.
Con esto, es relevante concluir que las tendencias políticas presentes hasta antes de 1973, lograron sobrevivir y proyectarse hasta nuestros días. No obstante, es claro que después del régimen militar, los partidos y sus dirigencias han absorbido con absoluta legitimidad el sistema electoral y las reglas de competencia partidaria, viéndose enfrentadas a un proceso desideologización y de búsqueda de consensos. Asimismo, muchos autores sugieren que independiente de los cleavage, existen actitudes políticas que surgen producto de tendencias globales que son absorbidas y adoptadas por el país. De esto se hace cargo Alan Angell, señalando que los cambios en el concierto mundial han ido determinando la nueva actitud de los partidos políticos. Por ejemplo, la decadencia de las ideologías dentro del sistema partidario es producto de la caída del Comunismo como sistema social, dejándolo como una tendencia alternativa con bajo apoyo electoral en la mayor parte de los países.
De la misma manera, Angell sostiene la existencia de un cambio en la actitud de la fuerza electoral producto de una mayor y mejor educación del electorado y su capacidad de recibir y codificar información. Para él, esto provoca que la ciudadanía tenga una postura más evaluadora respecto la “performance” de cada partido, y vote de acuerdo al diagnóstico hecho sobre sus propuestas y acciones. Finalmente, el autor toma en cuenta la irrupción de los medios de comunicación y la profesionalización de los métodos para llegar al electorado. Los focus groups en la política actual son determinantes y necesarios, los mass media irrumpen en la cotidianeidad de los partidos y sus líderes o candidatos buscan una mayor figuración que su propia institución.
Lo cierto es que en nuestro país, las tendencias electorales responden a otros mecanismos distintos a la fisura “autoritarismo-democracia” surgida producto de la competencia bipolar que el sistema electoral propugna. Es claro que esta escisión es momentánea y que no es imposible que se puedan generar readecuaciones a lo largo del tiempo. Eso es lo que diferencia a esta dicotomía con las señaladas por Valenzuela. La perdurabilidad y el arraigo en la sociedad, no es lo que caracteriza a la fractura mencionada por Tironi y Agüero, es más, siempre está en constante cuestionamiento.
Sergio Toro